En buena parte de América Latina y España, el martes 13 no pasa inadvertido. No se trata solo de una coincidencia del calendario: la fecha activa una tradición cultural que mezcla mitología antigua, simbolismo religioso y episodios históricos que, con el paso de los siglos, consolidaron una idea de advertencia y mal augurio.
A diferencia de otras supersticiones importadas, el martes 13 tiene raíces profundamente ligadas al mundo latino. El propio nombre del día aporta una primera clave. “Martes” proviene del latín dies Martis, el día dedicado a Marte, dios romano de la guerra. En las culturas clásicas, Marte estaba asociado al conflicto, la destrucción y la violencia, atributos que cargaron al día de una connotación áspera y riesgosa.
Esa asociación no fue exclusiva del mundo romano. En las lenguas germánicas ocurrió algo similar: el inglés Tuesday deriva de Tiw o Tyr, divinidad nórdica vinculada también a la guerra y equiparada a Marte. Esta correspondencia entre culturas refuerza la idea de que el martes quedó simbólicamente ligado al choque, la pérdida y la adversidad, más por tradición que por creencia racional.
A esa carga simbólica se le suma el número 13, históricamente visto con desconfianza en el cristianismo. La Última Cena, con trece participantes y Judas como el último en sentarse a la mesa, se transformó en una imagen reiterada durante siglos en la enseñanza religiosa. Con el tiempo, el 13 pasó de ser un número más a representar traición y desequilibrio.
Un episodio histórico terminó de sellar la mala fama del martes. El 29 de mayo de 1453, Constantinopla cayó en manos del Imperio Otomano, un golpe decisivo para la cristiandad oriental. El hecho ocurrió un martes y dejó una huella profunda en la memoria colectiva de Grecia y del Mediterráneo oriental.
A partir de allí, el martes comenzó a ser recordado como día de derrota y quiebre. Esa percepción se expandió gradualmente hacia otras regiones y se integró al folclore popular, apoyándose en un día que ya estaba asociado, por su origen mitológico, a la guerra y al desastre.
El refranero terminó de fijar la costumbre. “En martes, ni te cases ni te embarques” funciona como una regla social más que como una creencia sobrenatural. No exige fe, solo repetición. Evitar decisiones importantes ese día se volvió un hábito transmitido de generación en generación.
La mala fama del 13 no es idéntica en todo el mundo. En los países anglosajones, el temor se concentra en el viernes 13, mientras que en Italia el número asociado a la mala suerte es el 17. Cada cultura selecciona fechas distintas, pero el mecanismo es el mismo: unir símbolos, relatos y hechos históricos hasta crear un mito persistente.
La literatura también jugó su papel. Frases como “cuídate de los idus de marzo”, popularizadas por Shakespeare, enseñaron a temer días específicos. El martes 13 opera de manera similar: una fecha concreta respaldada por relatos compartidos.
Hoy, lejos de perder vigencia, el martes 13 sigue funcionando como un marcador cultural. Bodas que se postergan, viajes que se reprograman y decisiones que se evitan mantienen viva una superstición construida no por la mala suerte en sí, sino por siglos de historia, lenguaje y memoria colectiva.