La inflación en Argentina cerró 2025 en 31,5%, el nivel más bajo en ocho años, según datos del Indec. El número confirma la desaceleración lograda tras el desorden nominal heredado, pero también deja al descubierto los límites del proceso: la baja se apoya en anclas transitorias y en un fuerte ajuste que todavía no resolvió los problemas de fondo de la economía.
En diciembre, el Índice de Precios al Consumidor avanzó 2,8%, una leve aceleración respecto a noviembre. El dato revela que, aun con una política monetaria contractiva y sin financiamiento del Banco Central al Tesoro, la inflación sigue mostrando rigidez, especialmente en transporte, energía y servicios, sectores donde los precios permanecieron artificialmente contenidos durante años.
Los mayores incrementos del mes se dieron en Transporte (4%) y Vivienda, agua, electricidad y gas (3,4%), rubros directamente afectados por la corrección de precios relativos. En paralelo, Alimentos y bebidas volvieron a tener un peso decisivo en el índice, reflejando que la estabilización macro aún no se traduce plenamente en alivio para el consumo cotidiano.
Si bien la inflación anual cayó más de 86 puntos porcentuales frente a 2024, el descenso no responde a un crecimiento genuino ni a una expansión de la oferta, sino a un ajuste fiscal severo, al fin de la emisión descontrolada y a un esquema cambiario que funcionó como ancla nominal, con una apreciación real significativa. El resultado es una inflación más baja, pero también una economía con márgenes estrechos y señales de atraso en precios clave.
El propio Gobierno reconoce implícitamente estas tensiones: el Presupuesto 2026 proyecta un IPC del 10,1%, una meta que hoy luce optimista frente a las estimaciones privadas, que duplican ese número. Sin un flujo sólido de reservas, con tarifas aún en proceso de normalización y con un mercado cambiario que empieza a perder poder de anclaje, la desinflación enfrenta riesgos evidentes.
Analistas coinciden en que la eliminación de anclas exógenas obliga ahora a una sintonía fina más compleja, donde las tasas de interés reales positivas y la acumulación de reservas serán claves para evitar un rebrote inflacionario. De lo contrario, la baja de precios podría estancarse en un piso incómodo, lejos del objetivo de un dígito anual.
En la Ciudad de Buenos Aires, la inflación cerró 2025 en 31,8%, con una dinámica similar a la nacional: transporte, alquileres y servicios encabezaron los aumentos, confirmando que el ajuste pendiente sigue concentrándose en sectores regulados.
El cierre de 2025 muestra una inflación contenida, pero no resuelta. El desafío ya no es solo frenar la suba de precios, sino hacerlo sin distorsiones, sin atraso artificial y sin volver a caer en los atajos que llevaron al colapso inflacionario de los últimos años.