Los ciberataques alcanzaron un nuevo récord mundial y el dato es contundente: casi 2.000 ataques por semana por organización durante 2025. La inteligencia artificial, lejos de ser solo una herramienta productiva, se convirtió también en el gran acelerador del delito digital. Hoy los hackers ya no necesitan grandes conocimientos técnicos: la IA y la automatización redujeron las barreras de entrada y permitieron escalar campañas a una velocidad que el Estado y muchas empresas no pueden seguir.
El problema no es solo tecnológico, es político e institucional. Mientras los atacantes operan con lógica de mercado —eficiencia, bajo costo, velocidad y adaptación—, los sistemas de defensa siguen atados a regulaciones lentas, estructuras pesadas y una cultura que reacciona tarde. En la era de la IA, reaccionar después ya no sirve.
El informe de Check Point Software es claro: los ataques crecieron un 70% en apenas dos años. El promedio global fue de 1.968 ofensivas semanales por organización. La inteligencia artificial no solo aumentó el volumen, sino que cambió la mecánica del delito: ahora hay flujos automatizados, decisiones casi autónomas y operaciones sin intervención humana directa.
Desde una mirada liberal, esto deja una lección incómoda: la seguridad no puede depender de estructuras estatales centralizadas, lentas y burocráticas. La innovación corre más rápido que la regulación. Y cuando el Estado intenta “controlar” la tecnología, suele hacerlo tarde y mal.
El ransomware es otro ejemplo. Ya no hay grandes bandas únicas: el sistema se fragmentó en pequeños grupos especializados, con esquemas de “ransomware como servicio”. Es decir, el delito funciona como un negocio. Eficiente, descentralizado y adaptable. Todo lo contrario al modelo estatal.
La ingeniería social también evolucionó. Ya no se limita al mail: ahora mezcla llamadas, plataformas de trabajo, aplicaciones y servicios digitales. La IA permite suplantar identidades, simular instrucciones técnicas y manipular usuarios con una precisión inédita.
¿La conclusión? En un mundo dominado por IA y automatización, la seguridad ya no se construye con más papeles, más leyes o más controles políticos. Se construye con tecnología, inversión privada, competencia y prevención real.
La libertad también implica responsabilidad: empresas y usuarios tienen que protegerse mejor, sin esperar que el Estado —que siempre llega tarde— los salve. Porque en la era de la inteligencia artificial, el que no se anticipa, pierde.