El Helicoide, uno de los sitios más emblemáticos de la represión en Venezuela, dejará de funcionar como centro de detención. La presidenta encargada Delcy Rodríguez anunció su cierre y ordenó su transformación en un complejo social, deportivo, cultural y comercial para las comunidades cercanas y la familia policial.
La decisión se conoció junto con una amnistía general, a pocas semanas de que Rodríguez asumiera el poder tras la caída de Nicolás Maduro. El edificio, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), es señalado por organizaciones de derechos humanos como uno de los principales centros de tortura del continente.
Ubicado en el centro-sur de Caracas, entre San Pedro y San Agustín del Sur, El Helicoide fue durante años el destino de opositores políticos, periodistas, activistas y ciudadanos detenidos sin orden judicial. Muchos familiares pasaban días sin saber dónde estaban sus seres queridos, hasta confirmar que habían sido llevados allí.
Originalmente, el Helicoide no fue pensado como cárcel. Su construcción comenzó en los años 50, en plena bonanza petrolera, con la idea de crear un centro comercial futurista con helipuerto, hotel, galerías, parque y cientos de locales. El proyecto quedó inconcluso por problemas financieros y décadas más tarde fue ocupado por los servicios de inteligencia.
Con el tiempo, la DISIP primero y luego el Sebin convirtieron el edificio en un centro de reclusión clandestina. Sus pisos superiores pasaron a albergar celdas, salas de interrogatorio y espacios de aislamiento. Víctimas y exdetenidos describieron el lugar como una “mazmorra moderna”.
Uno de ellos, el activista Lorent Saleh, que estuvo preso allí durante cuatro años, relató un escenario de hacinamiento, extorsión, violencia y corrupción. “El Helicoide es la expresión de un Estado mafioso. Ahí reina el miedo y la degradación humana”, declaró tras su liberación.
También ciudadanos extranjeros pasaron por ese lugar. El misionero estadounidense Joshua Holt permaneció detenido entre 2016 y 2018. Durante su cautiverio perdió más de 25 kilos, sufrió enfermedades sin atención médica y denunció que su esposa fue torturada para obligarlo a confesar delitos inexistentes.
El terror alcanzó su punto máximo en mayo de 2018, cuando se produjo el primer motín dentro del penal. Presos políticos y comunes se unieron para protestar por las condiciones inhumanas. El detonante fue la brutal golpiza a un estudiante que terminó con fracturas en el cráneo y el rostro desfigurado.
Hoy, ese edificio que alguna vez simbolizó el poder represivo del chavismo será reconvertido en un espacio abierto a la comunidad. Para la oposición y las organizaciones de derechos humanos, el cierre del Helicoide marca el final de una de las etapas más oscuras de la historia reciente de Venezuela.