La renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC fue mucho más que un recambio técnico: fue una señal política que encendió alarmas dentro y fuera del país. Inversores internacionales, analistas y hasta funcionarios del propio Gobierno no entendieron cómo se podía forzar la salida del titular del organismo estadístico justo cuando se discutía la independencia del nuevo índice de precios. El mensaje fue claro: cuando el Estado mete la mano en los datos, la confianza se evapora.
Desde una mirada liberal, el daño no es menor. Sin estadísticas creíbles no hay mercado, no hay inversión y no hay previsibilidad. El problema no fue si el nuevo IPC daba más o menos inflación: lo que se rompió fue la autonomía del INDEC. Y eso, para un país que viene de manipular números durante años, es un retroceso institucional grave.
Mientras el Gobierno intenta cerrar ese frente y seguir con la agenda legislativa, el peronismo atraviesa su propio incendio interno. En el Senado, los votos para la reforma laboral no están garantizados. Los gobernadores “dialoguistas” ponen condiciones fiscales, reclaman compensaciones y juegan a dos puntas. Nadie quiere hacerse cargo del costo político de votar cambios que el país necesita, pero que afectan privilegios enquistados.
En paralelo, el PJ se pelea consigo mismo. En Jujuy, suspenden a una senadora por no obedecer la línea kirchnerista. En Buenos Aires, Axel Kicillof y La Cámpora se disputan el control del partido como si se tratara de una empresa familiar. El resultado: más rosca, más interna, más poder para pocos… y cero soluciones para millones.
Desde una perspectiva liberal, el contraste es brutal. Mientras la Argentina necesita reglas claras, instituciones independientes y una economía que funcione sin tutelas políticas, el peronismo sigue atrapado en su lógica de aparato, control y obediencia partidaria. No discuten cómo bajar el déficit, cómo liberar la producción o cómo dejar de fundir al sector privado. Discuten quién manda, quién arma listas y quién reparte cargos.
La renuncia en el INDEC mostró que incluso cuando se habla de “cambio”, el Estado sigue tentado por el control. Y el peronismo, lejos de ofrecer una alternativa moderna, se hunde en una interna que parece de otro siglo.
La gente no vive del PJ, del PRO ni de La Cámpora. Vive de su trabajo, de su empresa, de su esfuerzo. Y lo que necesita no es más rosca ni más poder concentrado, sino menos política metida en todo y más libertad para producir, invertir y decidir.
Ese sigue siendo el verdadero debate que muchos prefieren esquivar.