A un mes de haber asumido como presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez gobierna un país atravesado por una crisis de legitimidad, bajo una fuerte tutela externa y con un chavismo fracturado que ya no responde al modelo que durante años sostuvo Nicolás Maduro.
El “nuevo chavismo” —si es que puede llamarse así— funciona hoy más como una administración de emergencia que como un proyecto político. Con Maduro detenido en Estados Unidos, Rodríguez encabeza un esquema de poder condicionado por la Casa Blanca y sostenido por una lógica de supervivencia: hacer lo mínimo indispensable para evitar el estallido, sin ceder el control real del Estado.
En este primer mes, el gobierno anunció más de 360 excarcelaciones de presos políticos, una futura ley de amnistía, la apertura del sector petrolero al capital extranjero y un leve relajamiento de la represión. Medidas que hasta hace poco eran impensables, pero que hoy aparecen más como concesiones forzadas que como señales genuinas de cambio.
Lejos de un giro democrático profundo, el “delcysmo” busca ganar tiempo. El régimen entiende que sin el respaldo económico y político de Estados Unidos no hay margen para sostenerse, pero tampoco quiere abrir un proceso que termine en una transición real de poder.
Desde una mirada liberal, los cambios son insuficientes y tácticos. No hay garantías institucionales, no hay independencia judicial, no hay elecciones libres en el horizonte. Lo que hay es una administración que intenta maquillar su continuidad con gestos calculados hacia afuera, mientras preserva los resortes centrales del control interno.
Rodríguez gobierna entre dos fuegos: la presión directa de Washington y el ala dura del chavismo, que no quiere perder privilegios. Para sostenerse, mantiene en sus cargos a figuras clave del aparato represivo como Vladimir Padrino y Diosdado Cabello, pilares de un sistema que sigue siendo autoritario en su esencia.
Analistas advierten que el mayor riesgo no es hoy la oposición tradicional, sino una posible recomposición social y política si la baja de la represión permite reorganizar fuerzas democráticas. El regreso de liderazgos como María Corina Machado podría alterar el frágil equilibrio que hoy mantiene a Rodríguez en el poder.
En este escenario, la palabra clave no es “cambio”, sino “tiempo”. El régimen apuesta a estirar la transición, esperar mejores condiciones internacionales y administrar el desgaste. Pero Venezuela sigue sin instituciones sólidas, sin reglas claras y sin una economía realmente libre.
A un mes de su llegada, Delcy Rodríguez no lidera una nueva etapa democrática: administra un poder tutelado, con reformas cosméticas y un país que todavía espera algo más que gestos para empezar, de verdad, a salir del autoritarismo.